Noticias Por José Luis Jofré Jueves, 27 de Diciembre de 2018

Mendoza, tierra del sol y del buen vino

Jueves, 27 de Diciembre de 2018
CTA Mendoza Central de los Trabajadores Mendoza. Buscanos en Facebook, Twitter e Instagram

Por José Luis Jofré (*) 

El concepto gramsciano de hegemonía, le otorga preeminencia a la “dirección cultural e ideológica” de los grupos subalternos. La hegemonía se realiza cuando los intereses corporativos, trascienden sus límites sectoriales y devienen en intereses de otros grupos subordinados. En términos marxistas clásicos, podría decirse que es el paso de los intereses estructurales a la normalización en la superestructura, conformando un marco jurídico-político que se presenta ante el conjunto de la sociedad como universal y soberano. En palabras de Althusser, “el Estado es la máquina que opera la transformación de la fuerza en poder, de la fuerza en leyes, es decir, las relaciones de fuerza de la lucha de clases en relaciones jurídicas, derecho, leyes, normas”.

Si trasladamos el concepto de hegemonía a un espacio subnacional observamos ciertos reacomodamientos de los agentes protagónicos, pero las mismas efectividades conducentes. No son las clases sociales como tales quienes protagonizan el proceso de dominación simbólica, sino ciertas fracciones de clase definidas por su inserción específica en los circuitos productivos regionales.

Introducimos este breve razonamiento por el concepto de hegemonía y sus alcances regionales porque creemos tienen gran eficacia explicativa para el caso de los circuitos productivos mendocinos y la convivencia de encadenamientos productivos de diferente base primaria, como son el agroindustrial, el siderúrgico, el hidrocarburífero, entre los más significativos. Donde las actividades agroindustriales gozan del pleno dominio de los recursos naturales y las fuerzas colectivas circunscriptas en los límites del territorio provincial. Ello demanda la reconstrucción de la génesis histórica de este dominio.

Esta reconstrucción merece un repaso por la configuración espacial de la Argentina, que desde la época de la colonia se fundó como centros de dominación y administración. Luego se convirtió en centro comercial, sede de una burocracia administrativa de los servicios y actividades terciarias, que se desarrolló al amparo de las actividades de comercio exterior, ofreciendo sus puertos para la salida de los bienes exportables.

La inserción de Argentina en la división internacional del trabajo como economía agroexportadora, hacia fines del siglo XIX, vino acompañada de la atlantización del comercio exterior; y de allí la necesidad de la Provincia de Mendoza de redefinir el rol económico que había desempeñado en la época colonial, como interfaz obligada en el dinámico comercio bioceánico. Allí comienza a definirse la actividad agroindustrial regional como la salida más pujante.

La actividad agroindustrial en la Provincia de Mendoza se asentó sobre base no confesas, más bien ocultas, con un manto ideológico necesario en la construcción de la hegemonía regional. Los cimientos del modelo agroindustrial regional fueron el exterminio de los pueblos originarios: Huarpes al norte; Puelches y Pehuenches (a esa altura en franco proceso de mapuchización) al sur, lo que fue presentado como “la conquista del desierto”. También el sometimiento y esclavitud de los sobrevivientes en los trabajos forzados de nivelación de terrenos para la escorrentía administrada de las aguas de deshielo, lo que derivó en “la creación de los oasis irrigados”. En cuanto a los impactos ambientales, la desertificación del sistema lagunero desde las Lomas de Chachingo (Maipu) hasta Guanacache (Lavalle) se bautizó con la complaciente designación del “dominio del agua”, todo ellos con el protagonismo cuasi épico del “labriego tesonero”, generalmente inmigrante que venía a “hacerse la América” y terminó materializando una autentica hegemonía regional en torno a la producción de vino que no es excesivo denominar como “enocrática”.

La enocracia es la cristalización de la hegemonía de una burguesía regional que dispone de los recursos naturales y las fuerzas productivas en beneficio propio, arrogándose la representación del interés general mediante la captura de los poderes públicos. A través de este mecanismo, la enocracia decide el estado de excepción en la Provincia de Mendoza.

Tan sólida resultó esta construcción hegemónica que, en pleno imperio de las finanzas internacionales, los capitales especulativos que ingresan a valorizarse en el territorio provincial, tienen que disfrazarse de viñedos al pie de los Andes, de bodegas boutique y vinos de elite, lo que constituye una limitación palmaria a la timba financiera internacional, y en ese sentido, una reivindicación de la economía productiva, pero también un obstáculo al desarrollo de actividades productivas que tienen otra base primaria.

Así, la fertilidad de los oasis irrigados parece ser el único bien común de Mendoza competente para solucionar los derechos ciudadanos de casi dos millones de habitantes. De esta forma, no es extraño observar que la única vía posible para los administradores del estado provincial sea animar la competencia salvaje de los trabajadores, agudizar los criterios de reducción del gasto público y brindar una asistencia social que bordea la dádiva. Mientras tanto, permanecen ociosos cuantiosos bienes valorizables y susceptibles de satisfacer con dignidad un amplio abanico de derechos sociales, políticos y económico.

(*) Doctor en Sociología. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo

Seguí leyendo en Noticias